Schülerbeitrag zum Thema: El desafío de la pobreza infantil en Latinoamérica

Im Rahmen der Unterrichtsreihe „El desafío de la pobreza infantil en Latinoamérica“ [Die Herausforderung der Kinderarmut in Lateinamerika] beschäftigte sich der Grundkurs Spanisch von Frau Schulz mit den vielfältigen Facetten des Phänomens der Kinderarmut und Kinderarbeit insbesondere in lateinamerikanischen Ländern wie Mexiko und Bolivien. Im Zuge der Auseinandersetzung mit den individuellen Schicksalen einzelner Straßenkinder schrieb Leonie Schubert, Abiturientin im Fach Spanisch, den nachfolgenden Text „Un día típico desde la perspectiva de un niño de la calle“ [Ein typischer Tag aus der Perspektive eines Straßenkindes], in dem sie aus der Ich-Perspektive eines fiktiven, namenlosen Straßenkindes schildert, wie dieses seinen Tag verbringt, wie seinen Hunger stillt und wie mit den Sorgen und Ängsten um seine ungewisse Zukunft umgeht.

 

 

Un día típico desde la perspectiva de un niño de la calle (Leonie Schubert, Q2)

 

Rayos de sol cálidos se extienden sobre mi, los primeros del día. Me entiro en mi cama mientras mi estómago comienza a gruñir. ¿Cuándo fue la última vez que comí algo? Ya no lo sé. Malo. Entonces volverá a ser hora de un robo. Como siempre, me levanto como uno de los primeros niños de la calle, cojo mi cuchillo que es mi compañero desde hace varios años, y me dirijo al río. En el camino, agarro mi cabello, que se ha vuelto demasiado largo, coloco mi cuchillo y tiro de él con brusquedad a través de los finos hilos. Mi cabello está enmarañado de nuevo, así que tiene que irse. Veo el agua quieta y me saco la camiseta por la cabeza al caminar, eso es todo lo que  tengo. La camiseta aterriza con un suave chapoteo en el agua y salto justo detrás de ella para que la corriente no se la lleve. Froto rápidamente la tela sucia y observa con fascinación cómo los hilos negros del agua se esparcen por la tierra. Tan pronto como el agua ya no se decolora cerca de la camiseta, la levanto y la giro entre mis manos, en realidad solo entre mi mano y mi brazo, porque perdí una mano en un accidente cuando era pequeña. Todavía recuerdo como si fuera ayer y todavía le agradezco a mi salvador, sin quien me habría desangrado hasta morir. Luego murió hace un tiempo, pero así es la vida en la calle. Cada día podría ser el último. La camisa, de la que ya no sale agua, es arrojada descuidadamente por mi al césped de la orilla. Sumerjo la cabeza en el agua y paso la mano por los nudos. En cuanto tengo la sensación de que no mejora, salgo del agua, me siento junto a mi camiseta y dejo que los rayos del sol me sequen. Al mismo tiempo, me quito el cuchillo y paso una piedra por el borde del cuchillo para mantenerlo afilado. Poco tiempo después siento como si me cabeza y luego doy pascos rápidos y miro atentamente hacia el callejón frente a mi. Mi estómago gruñe incesantemente y si no quiero que me descubran, debería escabullirme lo más rápido posible. Me acero a una canaleta de lluvia en el techo de una casa, desde donde obtengo una visión general de dónde puedo encontrar algo comestible. Poco tiempo después reconozco el objeto de mi deseo en el patio delantero de una casa vecina. Cobro impulso y salto de un techo al otro hasta llegar a la casa en cuestión. Mis pensamientos corren mientras mi lengua ya está lamiendo mis labios con anticipación. Miro a mi alrededor una vez más y veo que todavía soy el único despierto, pero ¿qué puedes hacer en las calles en verano al amanecer si no vives en ellas? De todos modos, salto a un árbol que está en este jardín y busco una manzana que aún no está madura, pero al menos comestible y gratis. En un árbol detrás hay peras que ya están maduras. Repito el proceso y poco  después vuelvo a la carretera con mi botín. Lo antes posible escondo la fruta en mi camiseta, que le doy. Miro a mi alrededor de nuevo, veo una casa en la que los niños gritan. Mi mente divaga. ¿Cómo sería mi vida si tuviera una familia? ¿Tendría entonces que ir a trabajar o sería uno de los pocos niños que puede ir a la escuela antes de ir a la universidad? ¿Qué tal en la escuela? ¿Me gustaría allí? No tengo las respuestas a mis preguntas, pero puedo sentir que mis mejillas se enfrían. Asombrado paso mi mano por mi mejilla y me doy cuenta de que está toda mojada. Me toma un momento comprender que son lágrimas. Lágrimas, sentimientos, deseos  todas las cosas que no puedo usar si quiero vivir. Silenciosamente me doy una bofetada mientras me apresuro a regresar a mi área de dormir, donde puedo esconder a mi presa. Otros niños de la calle están despertándose lentamente, pero ahora el peligro aumenta. Me apresuro a alejarme de otros niños. Simplemente me llevo una pera y voy al parque donde me siento en un banco, devoro mi pera y luego veo a los niños ir a la escuela. Uno de ellos se me  acerca, pero ya sé lo que va a pasar y me doy la vuelta para irme. El chico me grita que soy una vergüenza y que no tengo nada en este mundo. Bueno, los niños de la calle son aborrecidos. Aún así, siento una punzada pequeña en mi corazón nuevamente. No importa cuántas veces escuché estas palabras, siempre duelen. Me paso las mañanas tratando de hacer que algunos ricos sientan lástima por ellos. Incluso lo logro  en una persona y me da un trozo de pan que vuelvo a esconder en mi camisa. Prefiero usar la tarde para la prostitución, donde al menos tengo éxito. A pesar de estar demacrado y apenas poder hablar, puedo bailar bien, lo que uso para conseguir clientes que me pagan bien. Pero prefiero ahorrar el dinero para poder escapar de la calle en algunos años. Hasta entonces, moriré de hambre, me las arreglaré sin atención médica y pasaré el invierno. Utilicé parte de mi dinero para pasar el invierno, pero cada invierno es diferente. Cada día en la calle me recuerdo lo peligrosa que es mi vida. En este momento estoy cruzando los tejados de nuevo para no encontrarme con ningún otro chico de la calle. Veo que uno es apuñalado por tener comida. Veo que grupos enteros se unen para pasar sus vidas juntos. Expresan su desesperanza inhalando sustancias  químicas y tomando drogas cuando las encuentran. Veo a un chico derrumbarse. Probablemente acaba de morir, peor no hay nada que pueda hacer sin arriesgarme a morir. No, no soy el chico normal de la calle. Quiero vivir y cuando tengo dudas uso mi cuchillo y lucho por mi supervivencia. Pero después, salto de los techos a un patio pequeño que nadie más que yo parece conocer, a pesar de que ofrece tantas ventajas. Aquí es exactamente donde configuro mi dormitorio y ahora comienza a verificar si mi presa todavía está allí. Empaca mis últimos logros. Me como el pan y pienso de nuevo en lo que tengo que cambiar  aquí para que casi nunca me encuentren. El patio interior es diminuto, apenas hay espacio para estirarme a lo largo, pero aquí hay una canaleta de lluvia, así que puedo saltar a los techos de inmediato y no hay acceso desde las calles. Bueno, la mayoría de los niños de la calle no pueden trepar o prefieren el suelo como terreno. En cualquier caso, nunca he visto a nadie más que a mi en los techos e incluso si alguien subiera a los techos, no encontrarán este patio muy rápidamente. Al menos así espero asegurar mi supervivencia. Pero también sé que cualquier día podría ser el último. Sin embargo no pierdo la esperanza de una vida mejor, porque sin ella moriré en este mundo lleno de crimen. La esperanza sola me mantiene vivo. Algunos pueden llamarme ahora un soñador, pero al menos no me he rendido y veo un futuro que todos los realistas han perdido hace mucho tiempo. Y si pierde esto, no pasará mucho tiempo antes de que muera. Esta vida es dura e injusta, pero no es imposible sobrevivir. Pelearé de todos modos. Y con estos pensamientos finalmente me quedo dormido antes de que se repita un día similar.

 

Ein typischer Tag aus der Perspektive eines Straßenkindes (Leonie Schubert, Q2)

 

Warme Sonnenstrahlen breiten sich über mir aus, die ersten des Tages. Ich liege in meinem Bett, während mein Magen zu knurren beginnt. Wann habe ich das letzte Mal etwas gegessen? Ich weiß es nicht mehr. Schlecht. Dann ist es wieder Zeit für einen Raubüberfall. Wie üblich stehe ich als eines der ersten Kinder auf der Straße auf, nehme mein Messer, das seit einigen Jahren mein Begleiter ist, und gehe zum Fluss. Unterwegs nehme ich mein Haar, das zu lang geworden ist, lege mein Messer an und ziehe es scharf durch die feinen Fäden. Meine Haare hatten sich wieder verfilzt, sodass ich es abschneiden musste. Ich sehe das Wasser vor mir und ziehe beim Gehen mein Hemd über dem Kopf aus, das ist alles, was ich habe. Das Hemd landet mit einem leisen Platschen im Wasser und ich springe direkt hinterher, damit die Strömung es nicht wegträgt. Schnell reibe ich den schmutzigen Stoff ab und sehe fasziniert zu, wie sich schwarze Fäden in dem Wasser ausbreiten. Sobald das Wasser in der Nähe des Hemdes nicht mehr schmutzig wird, hebe ich es auf und wringe es zwischen meinen Händen aus, eigentlich nur zwischen meiner Hand und meinem Arm, denn ich habe als Kind bei einem Unfall eine Hand verloren. Ich erinnere mich noch immer, als wäre es gestern gewesen, und ich danke noch immer meinem Retter, ohne den ich verblutet wäre. Er starb vor einer Weile, aber so ist das Leben auf der Straße. Jeder Tag könnte der letzte sein. Das Hemd, aus dem kein Wasser mehr fließt, werfe ich achtlos auf das Gras am Ufer. Ich tauche meinen Kopf ins Wasser und führe meine Hand durch die Haare. Sobald ich das Gefühl habe, dass es nicht mehr besser wird, steige ich aus dem Wasser, setze mich neben mein Hemd und lasse mich von den Sonnenstrahlen trocknen. Gleichzeitig nehme ich mein Messer und führe einen Stein über die Schneide des Messers, um es zu schärfen. Kurze Zeit später fühle ich mich, als würde mein Kopf verbrennen, weshalb ich schnelle Schritte gehe und mich vorsichtig in der Gasse vor mir umschaue. Mein Magen grummelt unaufhörlich, und wenn ich nicht entdeckt werden will, sollte ich mich so schnell wie möglich weg schleichen. Ich ziehe mich an einer Regenrinne auf das Dach eines Hauses, von wo aus ich einen Überblick bekommen kann, wo ich etwas Essbares finden kann. Bald darauf erkenne ich das Objekt meiner Begierde im Vorgarten eines Nachbarhauses. Ich nehme Schwung auf und springe von einem Dach zum anderen, bis ich das besagte Haus erreiche. Meine Gedanken rennen, während meine Zunge schon vorfreudig meine Lippen leckt. Ich schaue mich noch einmal um und sehe, dass ich immer noch als einziges Straßenkind wach bin. Aber was kann man im Sommer im Morgengrauen auf der Straße tun, wenn man nicht dort lebt? Wie auch immer, ich springe in den Baum, der in diesem Garten steht, und suche mir einen Apfel aus; er ist zwar noch nicht reif, aber zumindest essbar und umsonst. An einem Baum dahinter hängen Birnen, die bereits reif sind. Ich wiederhole den Vorgang, und bald darauf gehe ich mit meiner Beute wieder auf die Straße. Sobald wie möglich verstecke ich die Früchte in meinem T-Shirt, das ich in Falten lege. Ich schaue mich noch einmal um und erblicke ein Haus, in dem ein Kind schreit. Meine Gedanken schweifen ab. Wie würde mein Leben aussehen, wenn ich eine Familie hätte? Müsste ich dann arbeiten gehen oder wäre ich eines der wenigen Kinder, das vor dem Studium zur Schule gehen können? Was wäre mit der Schule? Würde es mir dort gefallen? Ich habe keine Antworten auf meine Fragen, aber ich spüre, wie meine Wangen kalt werden. Erstaunt streiche ich mir mit der Hand über die Wangen und spüre, dass alles nass ist. Es dauert einen Moment, bis ich begreife, dass es Tränen sind. Tränen, Gefühle, Wünsche  all die Dinge, die ich nicht gebrauchen kann, wenn ich leben will. Ich ohrfeige mich innerlich, während ich zu meinem Schlafplatz eile, wo ich meine Beute verstecken kann. Die anderen Straßenkinder wachen langsam auf, aber somit nimmt auch die Gefahr zu. Ich eile weg von den anderen Straßenkindern. Ich schnappe mir einfach eine Birne und gehe in den Park, wo ich mich auf eine Bank setze und meine Birne verschlinge, während ich den Kindern auf ihrem Schulweg zusehe. Eines von ihnen kommt auf mich zu, aber ich weiß, was passieren wird, und drehe mich um, um zu gehen. Das Kind schreit mir nach, dass ich eine Schande sei und dass ich wertlos bin. Nun, Straßenkinder werden gehasst. Trotzdem fühle ich wieder ein Brechen in meinem Herzen. Egal, wie oft ich diese Worte höre, sie tun immer noch weh. Ich verbringe meine Vormittage damit, einige reiche Leute dazu zu bringen, Mitleid mit mir zu haben. Ich schaffe es sogar, dass mir eine Person ein Stück Brot gibt, das ich wieder in meinem Hemd verstecke. Ich nutze den Nachmittag für die Prostitution, was mir zumindest gelingt. Obwohl ich abgemagert bin und kaum sprechen kann, kann ich gut tanzen, was ich nutze, um Kunden zu bekommen, die mich gut bezahlen. Ich ziehe es vor, das Geld zu sparen, damit ich in einigen Jahren der Straße entkommen kann. Bis dahin werde ich hungern, ohne medizinische Versorgung auskommen und den Winter überstehen. Ich habe einen Teil meines Geldes verwendet, um durch den Winter zu kommen, denn jeder Winter ist anders. Jeder Tag auf der Straße erinnert mich daran, wie gefährlich mein Leben ist. Im Moment gehe ich wieder über die Dächer, damit ich keine Straßenkinder mehr treffe. Ich sehe, dass eines erstochen wird, weil es Essen hat. Ich sehe, wie ganze Gruppen zusammenkommen, um ihr Leben gemeinsam zu verbringen. Sie drücken ihre Hoffnungslosigkeit aus, indem sie Chemikalien schnüffeln und Drogen nehmen, wenn sie sie finden. Ich sehe ein Kind zusammenbrechen. Er ist wahrscheinlich gerade gestorben, aber ich kann nichts tun, ohne den Tod zu riskieren. Nein, ich bin nicht das normale Kind auf der Straße. Ich will leben, und im Zweifelsfall benutze ich mein Messer und kämpfe um mein Überleben. Dann springe ich vom Dach in einen kleinen Hof, von dem niemand sonst zu wissen scheint, obwohl er so viele Vorteile bietet. Genau hier habe ich mein Schlaflager eingerichtet und beginne nun zu prüfen, ob meine Beute noch da ist. Ich packe meine neuesten Errungenschaften aus, esse mein Brot und denke noch einmal darüber nach, was ich hier ändern muss, damit ich nicht gefunden werden kann. Der Innenhof ist sehr klein, es gibt kaum Platz, um sich darauf auszustrecken, aber hier gibt es eine Regenrinne, sodass ich sofort auf die Dächer springen kann und es gibt keinen Zugang von der Straße. Nun, die meisten Straßenkinder können nicht klettern oder sie bevorzugen den Boden als ihr Gelände. Jedenfalls habe ich außer mir niemanden auf den Dächern gesehen, und selbst wenn jemand auf die Dächer klettern würde, würde er diesen Platz nicht so schnell finden. Zumindest hoffe ich auf diese Weise mein Überleben zu sichern. Aber ich weiß auch, dass jeder Tag mein letzter sein kann. Ich verliere jedoch nicht die Hoffnung auf ein besseres Leben, denn ohne sie werde ich in dieser Welt voller Verbrechen sterben. Die Hoffnung allein hält mich am Leben. Manche mögen mich jetzt vielleicht als Träumer bezeichnen, aber zumindest habe ich nicht aufgegeben, und ich sehe eine Zukunft, die alle Realisten längst verloren haben. Und wenn sie das verlieren, wird es nicht mehr lange dauern, bis sie sterben. Dieses Leben ist hart und ungerecht, aber es ist nicht unmöglich zu überleben. Ich werde trotzdem kämpfen. Mit diesen Gedanken schlafe ich schließlich ein, bevor sich ein ähnlicher Tag wiederholt.